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viernes, 18 de mayo de 2012

Columna de opinion sobre el aborto


Muchos cristianos, en su mayoría católicos, creen que destruir un óvulo fecundado equivale al asesinato de una criatura indefensa, pero consideran una obligación moral achicharrar criminales en la silla eléctrica.

Incongruencias morales como las anteriores caben perfectamente dentro de cualquier sistema ético cimentado en mitos y supersticiones. Para el católico, Dios infunde el alma a cada óvulo en el momento mismo de la fecundación, y por eso el uso de la píldora del día siguiente equivale al asesinato. Pero, ¿qué ocurre si a los pocos días de fecundado el óvulo se separan artificialmente del blastocisto unas pocas células (todas con el potencial de formar clones del individuo original), y se les permite que continúen su desarrollo embrionario normal? ¿Se subdivide acaso el alma?

Aquellos que ven en cualquier tipo de aborto un atentado contra la dignidad humana, no encuentran ninguna inmoralidad en permitir el embarazo de una niña de diez años violada por su padrastro, sin la madurez anatómica ni psicológica, ni los recursos económicos para sostener y educar a su bebé.

Ni ven problema alguno en permitir que nazcan niños afectados de defectos genéticos horrendos, como el síndrome de Lesch-Nyhan (detectable antes del nacimiento), una disfunción que hace que al niño le resulte imposible controlar la compulsión por infligirse todo tipo de heridas, o arrancarse los dedos a mordiscos, o quemarse deliberadamente el cuerpo. Ni tampoco que se traiga al mundo un niño afectado de epidermolisis ampollosa, enfermedad hereditaria que hace que el cuerpo se cubra de ampollas y que la piel se desprenda al menor roce. Esos niños no pueden jugar por la debilidad incurable de su piel, y si los bañan, empiezan a gritar al solo contacto con el agua, y sólo se pueden alimentar con líquidos porque las llagas aparecen también en el esófago.

Por fortuna son cada vez más los países que se han liberado de la ignorancia que acompaña todo fanatismo religioso. En el caso de Colombia, y a pesar de los estragos sociales causados por el catolicismo, más del 70% de la población usa métodos anticonceptivos, y desde unos años para acá, la mujer puede recurrir al aborto en casos de violación o malformación del feto.

Aunque hay razones para estar optimista, estas conquistas son frágiles y se encuentran hoy bajo el acecho de personajes de mente medieval en altos cargos en el Gobierno, empeñados en hacer de las encíclicas papales la guía para la educación sexual.

 

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